El hecho de que yo
exista prueba que el mundo no tiene sentido. ¿Qué sentido, en efecto,
podría yo hallar en los suplicios de un hombre infinitamente atormentado y desgraciado para quien todo se reduce en última instancia a la nada y para
quien el sufrimiento domina el mundo? Que el mundo haya permitido la existencia
de un ser humano como yo prueba que las manchas sobre el sol de la vida son tan
grandes que acabarán ocultando su luz. La bestialidad de la vida me ha
pisoteado y aplastado, me ha cortado las alas en pleno vuelo y me ha negado las
alegrías a las que hubiera podido aspirar. Mi ardor desmedido, la loca
energía de la que he hecho alarde para brillar en esta vida, el hechizo demoníaco que he padecido para adquirir una aureola futura, y todas mis fuerzas derrochadas para obtener un restablecimiento vital o una aurora
íntima —todo ello ha resultado ser más débil que la irracionalidad de este
mundo, el cual ha vertido en mí todos sus recursos de negatividad
envenenada. La vida no resiste apenas a una alta temperatura. Por eso he
comprendido que los hombre más atormentados, aquellos cuya dinámica interior
alcanza el paroxismo y que no pueden adaptarse a la apatía habitual, están condenados al hundimiento. En el desarraigo de quienes habitan
regiones insólitas hallamos el aspecto demoníaco de la vida, pero también su
insignificancia, lo cual explica que ella sea el privilegio de los
mediocres. Sólo estos viven a una temperatura normal; a los otros les consumen un
fuego devastador. Yo no puedo aportar nada al mundo, pues mi manera de vivir es
única: la de la agonía. ¿Os quejáis de que los seres humanos sean malvados, vindicativos, ingratos o hipócritas? Yo os propongo, por
mi parte, el método de la agonía, que os permitirá evitar profesionalmente
todos esos defectos. Aplicadlo, pues, a cada generación —los efectos
se manifestarán inmediatamente. Quizás así sea yo también útil a la
humanidad...
Mediante el látigo, el fuego o el veneno, obligad a todo
ser humano a realizar la experiencia de los últimos instantes, para
que conozca, en un atroz suplicio, esa gran purificación que es la visión de
la muerte. Dejadle luego irse, correr aterrado hasta que se caiga de
agotamiento. El resultado será, sin duda alguna, más brillante que el obtenido mediante los métodos normales. ¡Lástima que no pueda yo hacer agonizar al
mundo entero para purgar de raíz a la vida! La llenaría de llamas tenaces,
no para destruirla, sino para inocularle una savia y un calor diferentes. El
fuego con el que yo incendiaría el mundo no produciría su ruina, sino una
transfiguración cósmica esencial. De esa manera la vida se acostumbraría
a una alta temperatura y dejaría de ser un nido de mediocridad.
¿Quién sabe si incluso la muerte no dejaría, dentro de ese sueño, de ser
inmanente a la vida?
(Escrito el 8 de abril de 1933, el día en que cumplo
veintidós años. Experimento una extraña sensación al pensar que soy, a mi
edad, un especialista de la muerte.)
E.M.C.